Autor: Charles Dickens
Año de publicación: 1859
Por Pedro María Mejía Villa
“Era el mejor de los tiempos y el peor”. Así es el comienzo. Es decir, con estas palabras, Charles Dickens comenzó Historia de dos ciudades. Esas dos ciudades son Londres, y París, cuna de la Revolución Francesa.
Más adelante, en el mismo capítulo del comienzo, escribe: “Corría el año de gracia de mil setecientos setenta y cinco”. Y entonces se pone a contar una historia cuyo principio no es ese. Digamos que es el intermedio. Alexandre Manette, un prestigioso médico inglés (de esto se viene a enterar el lector muchas páginas después) aparece en una mísera morada del barrio San Antonio en París, enajenado; su protector lo oculta en aquel antro. Allí pasa los días de su demencia entretenido haciendo zapatos, hasta que acuden a rescatarlo su hija y su amigo, con quienes regresa a Londres. Recupera su cordura y casa a su hija con uno de sus adeptos amigos, de quien el lector se entera, al final de la obra, que fue uno de los causantes de su encierro por más de diez años en la prisión de la Bastilla (tomada por un motín popular el 14 de julio de 1789).
La historia del doctor Manette se va desenredando, mientras tanto, en el parisino barrio de San Antonio, Ernest Defarge y su esposa comienzan a ser los protagonistas de una trama de la cual el lector avizora hacia dónde se dirige. Defarge había cuidado del doctor Manette en su delirio después de que este salió de la cárcel, donde permaneció encerrado por espacio de una década gracias a las arbitrariedades de una casta nobiliaria que con sus atropellos agotó la sufrida paciencia del pueblo francés.
Viene la toma de la Bastilla. El pueblo se subleva y Defarge, el tabernero del barrio San Antonio, junto con su esposa, es uno de los adalides de esta trifulca que azota la capital francesa y llena de sangre y muerte sus calles.
Mientras en París, una de las dos ciudades de la historia, en Londres, la otra ciudad, el yerno del doctor Manette recibe una notificación desde la ciudad en ebullición popular. Ante la noticia, Charles Darnay decide acudir en ayuda de su amigo. Pero al llegar al país galo, en plena revolución, es apresado y llevado a la prisión de Le Force. Se le sigue un juicio, del cual logra salvarlo el suegro, quien pudo ganarse el respeto y obtener influencias por las simpatías que de los revolucionarios recibió al conocerse que permaneció injustamente encarcelado en la Bastilla. Sin embargo, debido al doctor Manette, Darnay (cuyo verdadero nombre –o apellido– era Evrémonde) debió regresar a la cárcel para ser juzgado y condenado sin remedio. Pero de allí lo salva su hermano, quien en Londres se hacía pasar por Sydney Cartón.
Huyen de París, Manette, su hija Lucie y su esposo mientras la historia concluye con una profecía de un personaje misterioso y oculto.
En Historia de dos ciudades se ven claramente plasmados varios de los atributos que caracterizaron a Charles Dickens, ese inmortal genio de la literatura inglesa del siglo XIX. Inmensas cualidades con las cuales evidencia esa capacidad que sólo los grandes hombres de letras pueden tener. Por una parte, imaginación: la facilidad con que urde la trama de una historia, para mostrarla al hacer sentir a la vez una serie de sensaciones de diversa índole, capaces de conmover el intelecto y el afecto humanos. Otro aspecto: el manejo literario es exquisito. Aunque la historia se puede presentar de una manera lineal, no lo es. Por ejemplo la carta que descubre Defarge en la Bastilla, escrita por el doctor Manette, cuyo contenido nos es rebelado casi al final del libro, nos marca cronológicamente el comienzo de la historia y nos ilustra sobre varios acontecimientos y detalles sobre los cuales el lector pudo haberse hecho cualquier cantidad de preguntas al leer las primeras páginas.
De las cualidades de Charles Dickens en Historia de dos ciudades, también hay que decir que en esta obra el lector se encuentra con inmensos pasajes de poesía y romanticismo. Basta señalar el siguiente párrafo: “Así el rumor de las alas de un ángel vino a mezclarse con los demás ecos, pues parecía vivificarlos un hálito de gloria. También se entreveró con ellos el suspirar de los vientos que soplaban sobre un pequeño túmulo plantado de flores, y Lucie percibía todo ello en un levísimo susurro –como la suave respiración de un mar de estío que dormita en una playa de finas arenas– mientras que la pequeña Lucie, aplicada al estudio de su lección matutina con la mayor gracia del mundo, o vistiendo una muñeca sobre el escabel de su madre, parloteaba en las lenguas de las Dos Ciudades que en su vida se entrelazaban”.
No obstante lo anterior –lo considero así–, Charle Dickens, en Historia de dos ciudades, utilizó el pretexto de un argumento, muy bien estructurado, para relatar los horrores vividos gracias a la Revolución Francesa. Y en el extenso de sus páginas son muchas las referencias a ese sentimiento de terror que el escritor inglés hace sobre este famoso acontecimiento francés que marcó un hito en la historia de la humanidad.
“Dicha figura no era otra que la de esa ‘dama de corte’ llamada la Guillotina”, con estas palabras hace referencia a la imagen de libertad, consignada por el pueblo francés después de 1789.
En una de sus numerosas descripciones sobre lo sucedido en el París de aquel momento, cuando el pueblo se encaminaba a borrar para siempre cualquier rastro de su opresora nobleza que por cantidad de años lo tuvo oprimido, escribió: “Y era cierto que la Revolución habíase tornado tan perversa y demencial en aquel mes de diciembre que los ríos del sur se obstruían con los cadáveres de tantos infelices como por las noches eran arrojados a sus aguas para que se ahogasen, y a los presos se los fusilaba formados en filas y pelotones bajo el sol invernal del medio día”. O el siguiente: “El populacho más bajo, cruel y desalmado de una ciudad que nunca anduvo escasa de maldad, crueldad y bajeza, era el que imponía allí la norma: comentando ruidosamente, aplaudiendo, desaprobando, anticipando los acontecimientos y precipitando los resultados, sin que nada ni nadie lo contuviese”.
Al lema, conocido por la historia, de la Revolución Francesa, el insigne escritor londinense le agregó otro término: muerte: “Libertad, igualdad, fraternidad o muerte... Esta última cuánto más fácil de dar, ¡oh Guillotina!”. Entonces, en el lector podría quedar esa sensación de que Historia de dos ciudades es una diatriba contra los horrores de aquel acontecimiento histórico que marcó el comienzo de la igualdad de derechos para los hombres del mundo.